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Publicado en eldiario.es el 6/06/2015, en Rebelión el 9/06/2015 y en Open Democracy (Versión en inglés) el 7/7/2015

Orlan Cazorla y Miriam Gartor

Cuando Servio Curipoma construyó su casa en una pequeña finca de la Amazonía ecuatoriana, desconocía que bajo el suelo se escondía una piscina de petróleo. Era una de las cerca de mil piscinas que la compañía Texaco abrió para arrojar los desechos de su actividad petrolera, y que después ocultó cubriéndola de tierra. Veinte años transcurrieron hasta que, en el año 2008, Servio y su familia fueron reubicados en una nueva casa, a unos 20 metros de distancia. Para entonces sus padres ya habían fallecido de cáncer.

La parroquia rural de San Carlos, ubicada en la provincia amazónica de Orellana, se encuentra dentro del campo Sacha, uno de los más grandes campos petroleros de Ecuador descubierto en 1969 por la trasnacional estadounidense Texaco, adquirida en 2001 por Chevron. En el pozo Sacha 56 todavía se observa la infraestructura del pozo y los cimientos de la casa que la familia Curipoma dejó abandonada. Ermel Chávez, dirigente del Frente de Defensa de la Amazonía, remueve la tierra donde Servio cultivaba sus plátanos. “Aquí, por ejemplo, metes un palo y sale agua y petróleo. Es petróleo y está tapado. Realmente no se sabe qué diámetro tendrá pero siempre hacían piscinas grandes, de hasta tres metros de profundidad y 30 metros de diámetro”.

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