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Publicado en Cáscara Amarga el 7/12/2013

Texto: Orlan Cazorla / Fotografía e Infografía: Miriam Gartor

Del 21 de noviembre hasta el 1 de diciembre se celebró en Ecuador el 11º Festival de Cine LGBTI El Lugar Sin Límites. Once días en los que se proyectaron 106 trabajos cinematográficos de 26 nacionalidades diferentes. Una exposición y cinco cine foros completaron este evento anual.

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El festival, que toma su nombre de una película mexicana dirigida por Arturo Ripstein, se desarrolla en conmemoración del 27 de noviembre de 1997, fecha en la cual el Tribunal Constitucional del Ecuador declaró inconstitucional el inciso primero del artículo 516 del Código Penal de ese entonces, en el que se consideraba la homosexualidad como delito. En la edición de este año se exhibieron trabajos que han participado en festivales tan prestigiosos como la Berlinale, Cannes, Sundance o Frameline, el más importante sobre esta temática. Una programación de calidad que se pudo disfrutar en las ciudades sede de Quito, Guayaquil, Cuenca y Manta.

Pero el festival es mucho más que cine. Paralelamente, se realizaron actividades variadas como la muestra artística “En carne viva”, en la que se exhibían obras sobre la diversidad de género creadas por artistas de Ecuador, Holanda, Brasil y España.  Para completar el programa, también se desarrollaron cine foros a cargo de directores, actores y activistas LGBTI, en los que el público pudo debatir tanto cuestiones cinematográficas como temas que están afectando al colectivo y a la sociedad ecuatoriana.

Para el director del festival, Fredy Alfaro, la idea del certamen es “crear un espacio sin límites donde se pueda reunir o conglomerar la sociedad en general, tanto la heterosexual como la LGBTI, para crear el diálogo y la discusión”. Alvarado sostiene que durante todos estos años la muestra ha contribuido a que la sociedad ecuatoriana respete cada vez más las distintas identidades del colectivo, y está creando puentes con la sociedad a través del arte y de la cultura.

Una inauguración muy ecuatoriana

foto2La edición de este año presentaba una novedad destacada. Por primera vez una producción ecuatoriana abría el festival. La proyección del documental “La importancia de llamarse Satya Bicknell Rothon”, de Juliana Khalifé, hizo que la sala de la Casa de la Cultura de Quito se quedara pequeña. La cinta, que acabaría ganando el Premio al Mejor Largometraje Documental, narra la historia de una pareja de lesbianas, Helen Bicknell y Nicola Rothon, de origen británico y residentes en Ecuador, quienes intentan inscribir a su hija Satya con sus dos apellidos sin conseguirlo. Tanto la directora como las protagonistas, presentes en la proyección, recibieron una calurosa ovación con el público puesto en pie. Para Khalifé, en su primera experiencia como directora, fue muy emocionante la acogida del público ya que no se esperaba una reacción así. Con este trabajo espera que el proceso en el que se encuentran Helen y Nicole tome un nuevo impulso y por fin Satya pueda ser inscrita.

Invitada de lujo

Entre las personas invitadas al certamen destacó la presencia de la estadounidense Desiree Buford, que cuenta con una amplia experiencia en el circuito de festivales de cine, además de ser programadora en el Frameline. Buford opina que la edición de este año se presentó con una programación muy buena y con una gran diversidad de historias. Destacó la calidad de algunos de los trabajos ecuatorianos como “La importancia de llamarse Satya Bicknell Rothon”, que espera poder llevar a su festival. Una de las actividades destacadas para Buford fue la realización de los cine foros porque permite al público, después de ver la película, un intercambio con artistas o con personas de organizaciones que están luchando por los derechos de la comunidad LGBTI. “Creo que el cine que aborda esta temática puede hacer cambios sociales y esto es algo muy poderoso”, afirmó la invitada.

La cinematografía nacional

Con un cine foro denominado “Trabajos Ecuatorianos Mix” el festival dedicaba una tarde a los cortometrajes locales. Entre los participantes se encontraba el debutante Andrés Bastidas, director del documental “¿Quién mató a Shirley?”. Bastidas considera que el festival es una gran oportunidad para los directores noveles. “Es mi primer documental y nos han abierto las puertas”, asegura. En cuanto a la producción nacional sostiene que aún tienen que madurar más. “Veo que podemos mejorar muchísimo, tenemos muy buenas ideas, pero sí nos falta un poquito más de excelencia en la producción”, concluye el director.

Otra de las participantes, Andrea Miño, directora del cortometraje documental “Más allá del orgullo”, asegura que el festival siempre ha estado abierto a la producción ecuatoriana, aunque en ocasiones parece que existe una especie de paternalismo. “Ha habido años anteriores donde la calidad de las producciones ecuatorianas no hay sido muy buena. Y son cosas que lastiman en vez de aportar, es como menospreciar al mismo festival y a su contenido. Debería haber en este sentido un filtro mayor”, afirma. Entre lo más destacable de esta edición, según la directora, fue comenzar con un documental ecuatoriano de muy buena calidad, comprobar que ya no sólo se hace documental sino también ficción y videoarte, y descubrir que ya hay directores fuera de la comunidad LGBTI que comienzan a pensar y trabajar estas temáticas.

Los premios Max se quedan en Sudamérica

En esta edición los cuatro galardones se quedaron en la región. El jurado premió a dos producciones brasileñas y una ecuatoriana, mientras el voto del público recayó en una cinta venezolana.

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